Hay quienes sienten algo especial cuando ven
a un ídolo local en el podio olímpico, recogiendo la “ensaladera”
de plata o viajando a las estrellas, por poner sólo dos casos.
Parece que tener a un compatriota en el Olimpo es algo parecido
a compartir el éxito del interesado e, incluso, merecerlo si
llega el caso. Para ésos, la elección de Arancha Bonete como
Miss Play Boy TV Latina 2004 es una ocasión más de presumir de
valencianos internacionales. Para otros, sin embargo, no es un
timbre de gloria frente a la posibilidad de que un valenciano
obtenga un gran premio literario o un doctorado honoris causa.
Estos últimos son intelectuales puritanos,
de estricto paladar cultural, que desprecian lo lúdico, lo
ocioso y todo lo relacionado con el placer. Para ellos,
ególatras narcisistas por lo general, no hay mayor placer que
la adulación constante hacia su inteligencia. Son seres graves
y circunspectos que desconocen la alegría y la perfecta
compatibilidad entre seriedad y humor, clara muestra de poca
inteligencia. Tienen, pues, una gran discapacidad para el
disfrute de la vida.
Estos individuos utilizan, además, tópicos
y clichés en relación al placer. Así, consideran que una Miss
Play Boy o una miss en general da tanta importancia al físico
que no cultiva como es debido el espíritu. No entenderían,
desde ese presupuesto, que la conejita valenciana lea a
Benedetti, cuando lo verdaderamente inexplicable es lo
contrario, aspirar a Miss Play Boy siendo lectora del autor
uruguayo, o leer “te quiero porque tu boca sabe gritar
rebeldía” y dejarse exhibir en la feria de ganado que es una
elección de miss o trabajar en una televisión vinculada a la
industria del sexo.
Esos diletantes estirados no parecen darse
cuenta de que el papel de los intelectuales en esta sociedad del
ocio no es ocultar ese rasgo, el ocio, inevitable ante una
creciente automatización del trabajo; tampoco es censurar la
televisión y todo lo que ella pueda proporcionar, ni negar que
el ocio sea la gran industra del siglo XXI. Hacer eso supondría
que quien tiene que reflexionar sobre su entorno queda anclado
en la añoranza de un tiempo dorado que ya pasó.
El intelectual de hoy debe, precisamente,
tratar sobre el entretenimiento para seguir ejerciendo su
función social: procurar espacios de libertad, haciendo que su
contribución en el plano del pensamiento ayude a que el ocio no
esclavice como antes lo hizo el negocio.
